Un cristianismo sin Cristo (parte 2)

Muchos conocen las palabras del Evangelio, pero pocos han encontrado el Tesoro por el cual vale la pena perderlo todo. La verdadera pregunta no es cuánto sabemos de Cristo, sino si Cristo se ha convertido en nuestra Vida. La segunda parte de este pensamiento, es una invitación a examinar el corazón: ¿estamos siguiendo a Jesús porque lo admiramos, o porque lo hemos hallado como nuestro mayor tesoro? La diferencia entre parecer y ser puede marcar una eternidad.

Deseando continuar con la SEGUNDA PARTE de este pensamiento, aquí vamos… retomando desde el punto donde quedamos:

Esta frase que mencionaremos a continuación, es una frase que resume los pensamientos que venimos teniendo en estos últimos meses:

El problema no es la intención de parecerse. El problema es creer que parecerse es lo mismo que ser.

Al mirar la Iglesia primera, sus inicios, su fuente y raíz, se nos hace imposible no mirar hacia el corazón de ellos y por sobre todo, a la obra real del Espíritu Santo sobre sus vidas. El pedido de Jesús, antes de ascender a los cielos, fue claro, puntual y directo: 

Pero mucho tiempo antes ya les había adelantado algo de este esperar y lo que ello produciría en aquellos que reciban este poder:

El Espíritu Santo sería el “otro consolador” que haría lo mismo que hizo Jesús mientras caminaba por las calles polvorientas de Galilea, solo que ahora sería Su Espíritu mismo dado sin reservas a nosotros Su Iglesia… a los que aprenderían a esperar en su venida y en su poder.

Me temo que no todos han recibido al Espíritu Santo. Y si el Espíritu Santo no es quien nos gobierna, lo hace el espíritu del mundo, con sus pasiones, deseos y cultura. 

El cristiano no es aquel que adhiere a simples creencias, sino aquel que supo esperar la venida del Espíritu Santo y confiar en que su vida es lo único que necesita para moverse en la tierra, mediante sus palabras, instrucciones, guía, punzadas, amonestaciones, consuelo, correcciones, etc. Él es el espíritu de la profecía; por lo tanto en Él tenemos verdadera instrucción profética. 

Lo que sucedió en la iglesia primera no fue el resultado de una imitación, sino de una rendición. No comenzaron haciendo lo que hacían; comenzaron siendo transformados. Por eso, intentar replicar sus acciones sin atravesar su misma ruptura interior no es continuidad, sino solo apariencia; y la apariencia siempre nos costará la vida, como la de aquel matrimonio —Ananías y Safira— que eligieron la apariencia, la imitación y la falsificación para continuar un camino que nunca habían iniciado (hechos 5). Y este ultimo ejemplo, nos conecta con el otro cuadro que hemos presentado…

Otros, en cambio, ni siquiera miran tan atrás. Observan a los cristianos de su tiempo. Aprenden su lenguaje, sus hábitos, sus formas de relacionarse con Dios, sus maneras de hacer reuniones y llamarle a eso “culto”. Se integran, se adaptan, y parecen encajar con la comunidad; pero rara vez se detienen a preguntarse si aquello que están imitando tiene vida o si es solo una estructura sostenida por las costumbres o las tradiciones.

Y así, casi sin darse cuenta, entran en una cadena de repeticiones donde cada generación copia a la anterior, sin cuestionar si en algún punto se perdió lo esencial.

El problema no es la intención de parecerse. El problema es creer que parecerse es lo mismo que ser.

Porque el evangelio no se transmite por imitación, sino por una obra real del Espíritu Santo en lo profundo del hombre. Y cuando esa obra no está, todo lo demás —por más correcto que parezca— termina siendo una construcción externa que puede sostenerse un poco de tiempo, pero que carece de vida real.

Por eso, la pregunta no es a quién nos estamos pareciendo, sino desde dónde estamos viviendo.

Creer que ser un discípulo de Cristo es una opción dentro de la fe cristiana, es nunca haber entendido y comprendido el evangelio. Todo hijo de Dios que ha nacido de nuevo por medio del agua y del espíritu, se convierte en un discípulo de Cristo que ahora transita ese camino estrecho.

Ese texto tan precioso que hemos leído al comienzo, y que infinitas veces los recordamos incluso con notas musicales, debería sacudirnos y hacernos temblar delante del Señor:

Teniendo estas palabras de Jesús en mente logro comprender el porqué muchos todavía no pueden dejar atrás ciertas cosas como sus voluntades, deseos, sueños; tampoco pueden dejar atrás la mentira, el engaño, el rechazo, el rencor, la lujuria, la fornicación, el adulterio, la ira, etc. y es porque simplemente —pero profundamente— nunca han encontrado ese tesoro.

Quizás solo se encontraron con “la cascara” del evangelio, lo externo y aparente a la vista del hombre, y decidieron abrazar esas palabras o vida moral, sin descubrir la vida y el propósito de esa vida que es glorificar a Dios con nuestro cuerpo mediante la fe.

Esto me recuerda al joven rico (Mateo 19:21-22), quien estaba dispuesto a llevar su fe hasta donde la ley lo permitía, pero no más allá. Cuando Jesús lo confrontó, su respuesta no fue la que esperaba, ni la que estaba dispuesto a aceptar claramente. Por eso, no pudo renunciar a sus tesoros para seguirlo.

Aquel joven vio en Jesús buenas palabras, una enseñanza elevada, una revolución que impactaba en cada pueblo y aldea. Probablemente presenció milagros y señales que lo convencieron de que valía la pena estar cerca, escucharlo, incluso tomarlo como referencia para vivir una vida más ordenada y piadosa.

Pero cuando el llamado dejó de ser inspirador y se volvió demandante, cuando ya no se trató de admirar sino de rendirse, entonces se retiró. Porque en el fondo, no estaba dispuesto a perder lo que todavía consideraba suyo. Este joven no se fue enojado ni confundido, sino que se retiro triste… y eso no ha cambiado hoy en día. Muchos siguen retirándose tristes, y no es porque no entiendan el mensaje del evangelio, sino porque aun no está el deseo de abrazarlo a él como Vida. 

Pero si el problema no es la falta de información ni de conocimiento, entonces debemos hacernos una pregunta más profunda: ¿qué es lo que impide que una persona abrace realmente ese tesoro?

Porque el joven rico no rechazó a Jesús por falta de entendimiento, de hecho la conversación había sido clara. El llamado también. Sin embargo, cuando llegó el momento de rendir aquello que ocupaba el centro de su corazón, se retiró triste.

Y esto nos lleva a una verdad incómoda: nadie rechaza el Tesoro sin antes haber elegido otro tesoro.

Algunos se aferran a sus bienes. Otros a sus deseos. Otros a sus proyectos. Otros a su propia justicia. Y otros, quizás sin darse cuenta, viven cautivos de algo mucho más sutil: la aprobación de los hombres.

Es aquí donde las palabras de Jesús en Juan 5 cobran una fuerza extraordinaria. Porque al confrontar a los fariseos, no señala primero su ignorancia, sino aquello que ocupaba el lugar que solo Dios debía ocupar en sus corazones.

Siento que muchas veces Jesús es cercano por lo que él tiene para darnos, pero no por lo quien es Él… Jesús se dirige a personas que conocían las escrituras mejor que nadie, sin embargo, habían convertido a las escrituras en un fin en sí mismo, siendo que estas lo señalaban a Él. Mi corazón se inquieta al pensar estas cosas, porque ese era yo… simplemente una persona que había convertido todo lo que me rodeaba (palabras, predicaciones, cursos, capacitaciones, canciones, lecturas, etc.) en un fin en sí mismo, creyendo que allí estaba todo lo que necesitaba… pero yo necesitaba a Cristo como vida en mi interior; lo necesitaba a él como salvador. Me agradaban los testimonios que me ofrecían las canciones y las diversas palabras que escuchaba o leía, pero rechazaba con mi vida a la Vida, cuando simplemente hacía lo que quería a lo largo y ancho de mi vida —y digo ancho con el único sentido que puede existir: el camino ancho—.

Muchos buscan en Jesús algún tipo de respuesta para vivir mejor; sin embargo pocos lo abrazan como la Vida por la cual están dispuestos a perderlo todo.

Aquí encontramos el diagnóstico por el cual Jesús confronta a los fariseos; porque el problema de ellos no era simplemente que no creían, sino que el problema mayor era la honra… ellos no podían creer mientras sigan viviendo para la aprobación mutua.

De hecho hay una incompatibilidad muy grande entre buscar la honra de los hombres y oír para recibir la verdad que proviene de Dios. ¿Por qué? Porque muchas veces la opinión de aquellas personas que nos rodean, se terminan convirtiendo en nuestra medida, y es entonces que casi inevitablemente, comenzamos a negociar la verdad de Dios, la cual sacrificamos o ignoramos, con tal de conservar esa medida o reconocimiento que los demás nos dan.

Jesús no estaba impresionado por sus títulos, su conocimiento, su reputación ni el respeto que se tenían unos a otros. Lo único que le interesaba era si el Amor y la Vida de Dios  estaba realmente en ellos.

Si estas palabras de Jesús las aplicamos en nuestros días, la advertencia sigue siendo la misma… podemos recibir reconocimientos por predicar bien, enseñar bien, cantar bien, servir bien o escribir bien. Podemos ser celebrados dentro de círculos cristianos y, aun así, estar descuidando aquello que Dios busca. sin embargo, hay una diferencia enorme entre ser aprobado por “personas espirituales” y ser aprobado por Dios.

Cuando el reconocimiento horizontal reemplaza la aprobación de Dios, es entonces que nos acercamos a la vida de un mayordomo infiel: usados pero no aprobados. 

¿Es posible estar rodeado de personas que celebren nuestra “vida espiritual” o “nuestra vida eclesiástica” y, aun así, estar lejos de aquello que realmente agrada al Señor? Sí es posible. 

Tenemos que reconocer que la seguridad que nos da la aprobación de los hombres nos agrada… esa sensación de “estoy bien”, “voy caminando correcto”, es lo que mas deseamos sentir… pero esos tipos de aprobaciones se vuelven efímeras frente a la Palabra de Dios. De ninguna manera estoy diciendo que nos desentendamos de lo aquello que las gracias pueden comunicarnos, y que sin duda puede ayudarnos a mejorar nuestro caminar, pero si nuestra seguridad se vuelve exclusiva de ello, es entonces que estamos perdidos. Y lo digo porque es mas fácil que alguien me diga como estoy caminando, que volvernos realmente espirituales para discernir y comprobar la Vida de Dios en nosotros.

El evangelio sigue teniendo respuestas que no serán amadas ni abrazadas por aquellos que solo buscan palabras, dirección, consuelo o incluso “un poco” de Jesús,  pero sin permitir que nada de eso los atraviese, los confronte y los transforme. Porque mientras el hombre quiera agregar a Jesús sin perderse a sí mismo, siempre llegará a un punto donde la respuesta de Dios le resultará inaceptable.

Sin embargo TODO LO RENDIMOS solamente cuando encontramos ese tesoro. Encontrar ese tesoro no tiene que ver con palabras, tampoco con una comunidad en primer lugar, ni con encontrar una “vida mejor”; encontrar el tesoro es lo que cambia nuestra vida. La pregunta que me hago es: ¿hemos hallado ese tesoro?

Somos de declarar rápida y fácilmente palabras que aun no estamos experimentando; no obstante esas palabras al decirlas, dejan en nosotros el sentimiento de que ahora somos cristianos, que la fe es nuestra, pero nuestra manera de vivir carece de transformación.

La fe no nos fue dada para creer mejor, sino para vivir Su vida. La palabra es muy clara al decir “el justo VIVIRÁ por la fe…” no se trata de tener fe para creer, sino de tener fe para vivir la vida propuesta por el Evangelio. Una fe que no necesita concesiones con la vista, ni consentir con otro sentido que el cuerpo nos pueda brindar; la fe solo necesita palabras de vida eterna… palabras que salgan de la boca de Dios y se implanten en nuestros corazones… porque solo una palabra implantada puede transformar de una vez y para siempre nuestros corazones.

Porque al final, la evidencia no está en cuánto sabemos, ni en cuánto hacemos, ni en cuánto imitamos… sino en una sola cosa: si realmente encontramos el tesoro… o si seguimos viviendo como si todavía tuviéramos algo que perder.

Atte. Tu servidor, Julián.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Comparte este artículo

Mantente conectado
Últimas noticias
Participa del avance del evangelio
Cada uno debe dar según se lo haya propuesto en su corazón, y no debe dar con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama a quién da con alegría. 2 Corintios 9:7