«Cuando las formas permanecen, pero la vida está ausente»
Mateo 13:44 RV60 “Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.”
Hay un sentir en mi espíritu que nace de un clamor profundo por ver la Iglesia del Señor desplegándose con su belleza y dando a conocer la fragancia de Cristo en toda la tierra. Ver la hermosura y perfección de la Iglesia, no quita que tampoco estemos viendo aquellas cosas que Dios quiere corregir, perfeccionar y embellecer en nosotros. No se trata de añadir belleza a Ella, sino de sacar a relucir aquella belleza que ya le fue dada, y que aun al día de hoy, no se deja ver por falta de perfección. Me recuerda los días en que Ester fue sometida a tratamientos de mas de un año, para que la belleza que ya estaba en ella, conquiste al rey Asuero; Ester era de buen parecer, pero aun no termianba de ser notoria esa belleza, y por medio largos tratamientos, ella logró que el rey no quite su mirada de ella, y ocupe el lugar de Vasti (Ester 1 y 2).
Saber que fuimos llamados a perfección no nos convierte en un cuerpo sin miseria, sino que esa perfección se muestra a nosotros como una medida a alcanzar; como una meta a la cual debemos llegar; como una lucha constante que requiere ser vencedores; o como un cuerpo que necesita detenerse para ver aquello que hoy se volvió un peso que la asedia e impide correr con perseverancia la carrera de la fe (Romanos 12).
No se trata de criticar la Iglesia, sino de ver aquello que por las reprensiones del Espíritu somos llevados a tratar y vencer. Tal como lo hemos visto en los mensajes que observamos de Cristo al dirigirse a las siete Iglesias de Asia menor, en donde, sin lugar a dudas, ve lo bueno y la elogia, pero tambien ve el error, el pecado y tiene que hablar de aquellas cosas que Él tenia en su contra… solo a una de ellas le manifiesta todas contrariedades, ya que ningún elogio había para ella, como lo era Laodicea, una Iglesia que había dejado a Cristo afuera de sus reuniones, liturgias y actividades.
Hoy en día nos encontramos con muchas personas que creen en Cristo Jesús. Creen en su obra redentora; están completamente seguros que en aquella cruz él tomó nuestro lugar para que el acta que nos era contraria sea anulada (colosenses 2:14); y así mismo creen que él ha realizado la obra de traslado y salvación, quitándonos de la potestad de las tinieblas y trasladándonos al reino de la luz (colosenses 1:13). No obstante, creyendo en todas estas cosas y aun en muchas mas, ellos no han querido renunciar a sus propias vidas. Todavía la voluntad de la carne y los deseos de sus propios corazones siguen reinando. En donde hoy Cristo debería ser el rey de los corazones, solo se encuentra el hombre dirigiendo su propia vida según sus instintos, placeres y deseos.
La pregunta que me he realizado en estos días es: ¿quién es un verdadero cristiano? ¿Qué significa ser un cristiano?
Y para comenzar a responder estas y otras preguntas similares, se me presentan dos cuadros:
1. Por un lado, veo a quienes dirigen su mirada a la iglesia primitiva y, al observar sus comienzos narrados en la Biblia, intentan reproducir —aunque sea parcialmente— sus prácticas. Imitan sus acciones, repiten sus palabras y procuran vivir según lo que aquellos primeros creyentes hicieron hace dos mil años. En ese ejercicio, muchos terminan albergando la convicción de que son cristianos simplemente por adherir a sus enseñanzas y/o por replicar sus obras, como si la fe pudiera reducirse a una copia fiel del pasado.
2. Por otro lado, aparece una imagen más cruda: personas que no miran tan atrás, sino a los cristianos de hoy. Los observan, los imitan, adoptan sus formas y costumbres, sin detenerse a cuestionar si aquellos a quienes siguen realmente viven aquello que dicen. Así, se construye una cadena de imitaciones, donde lo esencial corre el riesgo de diluirse, porque se copia a quienes, quizá, también estén imitando sin comprender o simplemente estén llevando adelante acciones por ganancias deshonestas, convirtiéndose así en simples mortales con la vaga ilusión de creer que son cristianos.
Teniendo presente estos dos cuadros, me pregunto: ¿qué es y quién es un cristiano? ¿Ser cristiano tiene que ver con el desarrollo de una vida con practicas piadosas? ¿O quizás ser cristianos consista en cantar y sentarme a oír un mensaje dentro de un salón debes en cuando? ¿Quizás ser cristiano tenga que ver con la creencia y adherencia a algunos valores o ser buena persona, o llevar una vida moral correcta…? no lo sé… solo son preguntas que aparecen en mi interior, que tienen como fin reflexionar sobre aquel evangelio que muchos viven en estos últimos días.
Siendo sincero con ustedes, no necesitamos ir muy atrás para saber lo que es ser un cristiano, y cual es la esencia, llamado y vida de aquellos que decidieron vivir a Cristo y tenerlo a él como vida, y no como una simple y vaga creencia.
Comenzaré diciendo algunas cosas que no pretenden ser las primeras ni las más importantes sobre lo que es un cristiano. No busco ordenar conceptos ni definir con exactitud, porque hay realidades que no se domestican en definiciones y sería una bajeza de mi parte intentar hacerlo.
Simplemente deseo poner en palabras aquello que, con el tiempo, fue tomando lugar en mi corazón y que no me permitió seguir mirando la fe con liviandad.
Lo primero es esto: el cristiano no administra “niveles” de entrega. No existe tal cosa como seguir a Dios un poco, a medias o según me convenga. Ser cristiano implica haber tomado una decisión radical: entrar por la puerta estrecha a un camino angosto y difícil, un camino que no admite distracciones ni dobles intenciones.
Mateo 7:14 RV60 “porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.”
Ese camino —el angosto— exige algo que muchos no están dispuestos a considerar seriamente: perderlo todo.
No es una metáfora cómoda, tampoco un vago y mero simbolismo, sino que esa puerta y ese camino es una realidad concreta. Porque en ese camino no hay lugar para lo nuestro. No entra nuestra voluntad, ni nuestros deseos, ni nuestras ambiciones. Mucho menos ese impulso silencioso y destructivo de querer ser alguien, de construir una identidad que gire alrededor de nosotros mismos.
El problema es que muchos quieren transitar este camino sin haber hecho ese cálculo. Se acercan, adoptan formas, repiten palabras, imitan gestos… pero sin haber rendido aquello que el camino exige desde el principio.
Por eso, en el fondo, no están caminando el Camino: lo están interpretando.
Y el camino angosto no puede ser sostenido por la capacidad humana. Es imposible. Y justamente ahí está el punto: solo cuando el hombre deja de sostenerse a sí mismo, la gracia de Dios encuentra un lugar real —no como idea o concepto, sino como una necesidad vital.
Todo lo demás puede parecer cristianismo. Puede sonar correcto, incluso convincente. Pero si no pasó por esa rendición profunda, sigue siendo “alguna otra cosa” similar a la fe cristiana.
Al observar lo que muchos entienden por cristianismo, se vuelve evidente un patrón silencioso pero constante: la imitación sin la sustancia correcta. Digo «sin la susancia correcta», porque no erramos al intentar imitar la fe de otros, pero cuando la fe esta ausente, solo estaremos limitado a imitar acciones sin la vida (lo veremos mas adelante).
Algunos dirigen su mirada hacia la iglesia primitiva. Leen sus inicios, estudian sus prácticas, observan lo que hicieron aquellos hombres y mujeres, y se esfuerzan por reproducirlo. Repiten sus palabras, imitan sus acciones, adoptan sus formas de vida. Y en ese intento, llegan a convencerse de que están caminando el mismo camino.
Pero hay algo que no están viendo: aquello que dio origen a esas obras no puede copiarse.
El problema no es la intención de parecerse. El problema es creer que parecerse es lo mismo que ser.
Lo que sucedió en ellos no fue el resultado de una imitación, sino de una rendición. No comenzaron haciendo lo que hacían; comenzaron siendo transformados. Por eso, intentar replicar sus acciones sin atravesar su misma ruptura interior no es continuidad, sino solo apariencia; y la apariencia siempre nos costará la vida, como la de este matrimonio —Ananías y Safira— que eligieron la apariencia, la imitación y la falsificación para continuar un camino que nunca habían iniciado (hechos 5). Y este ultimo ejemplo, nos conecta con el otro cuadro que hemos presentado…
Otros, en cambio, ni siquiera miran tan atrás. Observan a los cristianos de su tiempo. Aprenden su lenguaje, sus hábitos, sus formas de relacionarse con Dios, sus maneras de hacer reuniones y llamarle a eso “culto”. Se integran, se adaptan, y parecen encajar con la comunidad; pero rara vez se detienen a preguntarse si aquello que están imitando tiene vida o si es solo una estructura sostenida por las costumbres o las tradiciones.
Y así, casi sin darse cuenta, entran en una cadena de repeticiones donde cada generación copia a la anterior, sin cuestionar si en algún punto se perdió lo esencial.
El problema no es la intención de parecerse. El problema es creer que parecerse es lo mismo que ser.
Porque el evangelio no se transmite por imitación, sino por una obra real del Espíritu Santo en lo profundo del hombre. Y cuando esa obra no está, todo lo demás —por más correcto que parezca— termina siendo una construcción externa que puede sostenerse un poco de tiempo, pero que carece de vida real.
Por eso, la pregunta no es a quién nos estamos pareciendo, sino desde dónde estamos viviendo.
Creer que ser un discípulo de Cristo es una opción dentro de la fe cristiana, es nunca haber entendido y comprendido el evangelio. Todo hijo de Dios que ha nacido de nuevo por medio del agua y del espíritu, se convierte en un discípulo de Cristo que ahora transita ese camino estrecho.
Continuaremos este pensamiento (segunda parte) en pocos dias…
Atte. Tu servidor Julián






