Orar en el nombre de Jesucristo no es una simple frase, sino una realidad espiritual. No se trata de pedir usando Su Nombre, sino de haber sido transformados para vivir desde Él. Mientras nuestro “nombre” —nuestra voluntad, carácter y propósito— siga activo, oramos desde nosotros mismos.
Pero cuando la cruz hace su obra y nuestro nombre es rendido, comenzamos a orar desde Su vida. Entonces, Su Nombre deja de ser una palabra y se convierte en autoridad, en esencia y en verdadera comunión con Dios.