El Fracaso de Intentar Vencer la Carne con la Carne

Muchos creyentes viven agotados intentando vencer el pecado con sus propias fuerzas, luchando diariamente contra una naturaleza que jamás podrán cambiar humanamente. Pero la cruz no vino para ayudarnos a mejorar el viejo hombre, sino para llevarlo a la muerte juntamente con Cristo y darnos una vida completamente nueva en Él. La verdadera victoria espiritual no nace del esfuerzo humano, sino de creer, permanecer y vivir en la obra consumada de Jesús y en el poder de Su Espíritu.

Días atrás estuvimos compartiendo con nuestra pequeña congregación local, en la ciudad de Bragado, algunos pensamientos tocante al bautismo. En verdad, Dios nos ha regalado ciertos minutos, durante varios sábados continuos, de profunda reflexión, en los que hemos llegado a comprender el bautismo no como un acto meramente simbólico (mirado desde las aguas del bautismo), sino como una realidad espiritual que el verdadero creyente vive cotidianamente.

No pretendo explayarme ahora en esos pensamientos, pero sí dejar aquí uno de ellos y soslayar algunos suspiros tocante a esta realidad. Aquí dejo, para comenzar, una de las frases que nos marcó:

Comenzaré diciendo que el bautismo no representa simplemente una invitación simbólica a morir al viejo hombre, sino la aceptación consciente de que, en Cristo, nuestra muerte ya ocurrió. Cuando una persona entiende esto, deja de esforzarse por “matar” la naturaleza adámica en sus propias fuerzas y comienza a vivir desde la obra consumada de Cristo. El problema de muchos creyentes es que intentan morir cada día a sí mismos como si fuera una lucha humana interminable, cuando la Palabra enseña que, por medio de Cristo, ya fuimos crucificados juntamente con Él.

La vida cristiana no comienza tratando de producir muerte al yo, sino creyendo y apropiándose de la muerte que Cristo ya llevó a cabo en nosotros. El bautismo es precisamente esa aceptación: el viejo hombre fue sepultado, y una nueva vida nace en unión con Cristo.

Romanos 6:3-4 RV60 “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.” 

El apóstol Pablo no dice “traten de morir”, sino “hemos sido bautizados en su muerte”. Es una realidad espiritual ya establecida. El creyente no pelea para alcanzar esa muerte; pelea por creerla y caminar en ella.

Gálatas 2:20 RV60 “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.” 

Aquí Pablo habla en tiempo cumplido. No dice “quiero ser crucificado” ni “estoy intentando morir”, sino “estoy juntamente crucificado”. La cruz no es solamente un hecho histórico de Jesús en el monte calvario; sino también el lugar donde nuestro viejo hombre fue juzgado.

Colosenses 3:1-5a RV60 “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. 2  Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. 3  Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. 4  Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria. 5  Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros…”

Cuando Pablo escribe estas líneas a los hermanos de Colosas: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros…” no está contradiciendo esta verdad, sino enseñando cómo debe vivirse en la práctica. Antes de decir “haced morir”, Pablo declara: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” 

Primero establece la realidad espiritual: “ustedes ya murieron”. Luego, sobre esa base, llama al creyente a vivir conforme a esa verdad. Es decir, no nos pide producir nuestra muerte a la carne, sino aplicar diariamente la muerte que Cristo ya realizó en nosotros.

“Hacer morir” no significa intentar crucificar nuevamente al viejo hombre, porque eso ya sucedió en la cruz. Significa negarle expresión, dominio y alimento a la carne; rechazar aquello que pertenece a la vieja naturaleza y someternos al gobierno del Espíritu Santo. Precisamente esto es NEGARSE A SÍ MISMO, es negarnos a expresar nuestra vida para que Su Vida sea manifiesta; es negarnos al dominio de la vieja naturaleza para que la nueva creación en Cristo tome lugar y poder en nosotros; es negarnos a alimentar la carne y vivir sostenidos por aquel que es verdadera comida y verdadera bebida.

Justamente a esto se refería Jesús cuando dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.” (Lucas 9:23)

Negarse a sí mismo no significa despreciarse humanamente ni entrar en un esfuerzo religioso de autodestrucción personal. Tampoco significa intentar producir la muerte del “yo” por disciplina carnal. Negarse a sí mismo significa rechazar el gobierno del “yo” independiente de Dios; es renunciar al derecho de que nuestra vieja naturaleza siga teniendo expresión, dominio y encuentre alimento en nosotros.

Tomar la cruz cada día significa permanecer por fe en la realidad de nuestra unión con Cristo crucificado, aceptando diariamente que nuestra vieja vida fue llevada a la cruz juntamente con Él. Es vivir considerando muerto aquello que Dios ya juzgó en Cristo, para que la vida de Jesús sea manifestada en nosotros.

Por eso, “hacer morir lo terrenal” no es una obra humana intentando vencer la carne con la carne, sino la respuesta práctica de alguien que ya entendió que fue crucificado con Cristo. Es negarnos a vivir desde nuestra propia vida, nuestros propios deseos y nuestra propia suficiencia, para que sea Cristo quien viva y se manifieste en nosotros y a través de nosotros.

Es dejar de alimentar aquello que pertenece al viejo hombre y comenzar a vivir sostenidos por Cristo Jesús, quien dijo: “Yo soy el pan de vida…” (Juan 6:35).

Porque la cruz no apunta simplemente a mejorar la vieja naturaleza, sino a llevarnos al fin de nosotros mismos para que la vida del Hijo sea revelada en nosotros por medio del Espíritu Santo.

Por eso Pablo también dice: “Consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.” (Romanos 6:11 RV60)

La fe no intenta producir una “muerte al pecado” por esfuerzo humano; la fe abraza la obra consumada de Cristo y descansa en ella. La lucha del creyente no consiste en intentar morir continuamente al yo, sino en “contender en la fe” para permanecer viendo, creyendo y viviendo la realidad de que ya hemos muerto y resucitado con Cristo. Cuando esa verdad permanece viva en nuestro corazón, entonces comienza a expresarse naturalmente en nuestra manera de vivir.

Como está escrito: “Pelea la buena batalla de la fe…” (1 Timoteo 6:12)

Y también: “…que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos.” (Judas 1:3)

La verdadera batalla del creyente no es intentar producir con esfuerzo humano aquello que Cristo ya consumó en la cruz, sino permanecer firme en la fe de esa obra perfecta, permitiendo que esa verdad sea revelada profundamente en el corazón por el Espíritu Santo. Desde allí, la vida cristiana deja de ser un esfuerzo por aparentar transformación y se convierte en la manifestación natural de una vida que permanece unida a Cristo.

Porque el evangelio no nos llama primero a esforzarnos para morir, sino a creer que en Cristo ya morimos y resucitamos con Él. Y cuando esa verdad gobierna el corazón, nuestras acciones comienzan a reflejar la realidad interior de Cristo formada en nosotros.

Cuando esta verdad no se comprende, la vida cristiana se vuelve una carga pesada y frustrante. La persona cae en esfuerzos humanos, disciplina carnal y agotamientos frustrantes y continuos, intentando vencer esa naturaleza adámica con sus propias fuerzas. Pero cuando entendemos que nuestro viejo hombre ya fue crucificado juntamente con Cristo, entonces dejamos de luchar (humana y carnalmente) para morir y comenzamos a caminar en la vida nueva del Espíritu.

Por eso Pablo concluye: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.” Romanos 6:6

Y también: “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.” Romanos 8:13

Observemos que Pablo dice “por el Espíritu”. No es un esfuerzo humano de autodestrucción espiritual, ni ascetismo religioso, ni disciplina vacía. Es la obra del Espíritu Santo manifestando en nuestra vida diaria la realidad de la cruz.

La verdadera victoria espiritual no nace de nuestro propio esfuerzo por morir, sino de creer que en Cristo ya hemos muerto, y ahora vivimos una vida nueva bajo el poder de Su resurrección.

Quiero concluir escribiendo a vos… si a vos que esta leyendo esta líneas y que estás cansado de luchar. Cansado de prometerle a Dios que esta vez sí vencerás el pecado, para luego vuelves a caer una y otra vez bajo el peso de la misma naturaleza que intentas derrotar. Tal vez llevas años peleando contra la carne con cientos de disciplinas, con todo tipo de fuerzas humanas, con miles de resoluciones y decisiones personales, y aun así continúas experimentando frustración, culpa y agotamiento en tu interior.

Sin embargo quiero decirte que el evangelio no vino para hacerte más fuerte en vos mismo; vino para llevarte al fin de ti mismo. Cristo no murió para ayudarte a mejorar la vieja naturaleza, sino para crucificarla. Y mientras sigas intentando vencer la carne desde la carne, siempre terminarás descubriendo y experimentando el mismo fracaso y la misma impotencia. Porque la carne jamás podrá producir la vida de Cristo.

La esperanza del creyente no está en cuánto puede resistir, cuánto puede disciplinarse o cuánto puede esforzarse, sino en Aquel que ya venció en la cruz. La victoria comienza cuando dejamos de mirar obsesivamente nuestra incapacidad y comenzamos a mirar por fe la suficiencia de Cristo y Su obra consumada. Allí el alma encuentra el verdadero descanso. Allí termina el esfuerzo desesperado por intentar cambiarnos a nosotros mismos. Allí el Espíritu Santo comienza a revelar, no solamente una doctrina, sino una realidad viva: “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.”

Y cuanto más esta verdad gobierna el corazón, más la vida de Cristo Jesús comienza a abrirse paso en nosotros. No como una imitación externa producida por “obligación religiosa” o “imposición moral”, sino como el fruto genuino de una unión viva con Él. Porque el cristianismo no consiste en que el hombre natural intente parecerse a Cristo, sino en que Cristo mismo sea manifestado en hombres que han llegado al fin de sí mismos.

Por eso, si hoy te encontrás agotado de luchar contra el pecado en tus propias fuerzas, deja de intentar producir por la carne aquello que solamente el Espíritu puede revelar y manifestar. Vuelve tus ojos nuevamente a la cruz. No para intentar morir otra vez, sino para creer que en Cristo ya moriste, y que ahora Su vida puede manifestarse en ti. Acepta esa posición. No te resistas al bautismo en su muerte. Porque solamente cuando el hombre coloca fin a su propia suficiencia, comienza verdaderamente la vida del Espíritu; cumpliendo así aquellas palabras de Pablo: 

Con amor, tu servidor Julián.

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