En Él, por Él y para Él

Esta temporada que iniciamos, habrá un fuerte énfasis en aquello que no solo sabemos que somos, sino en aquello que mostramos y manifestamos. Nunca dejaremos de proclamar la victoria eterna de la cruz, pero tampoco dejaremos de manifestarla.

Una de las cosas más maravillosas que nos han acontecido en nuestro traslado a la presencia de Dios, es que nuestra geografía ha cambiado. Ya no somos mas esclavos de las tinieblas. Ahora somos hijos de luz.

En unas de estas últimas noches, recostado sobre mi cama y mientras todos dormían, había algo que me impedía dormir, y era la presencia suave, dulce y tierna de Dios. Era solo pensar en la dicha de ser su hijo, que hacia que en mi interior haya un deleite creciente e incesante. Con esto no digo que uno viva ignorando la presencia de Dios y que ella solo puede experimentarse esporádicamente; ¡no! ¡Absolutamente no! Lo que digo es que hay momentos tan preciosos que Dios nos propicia, que deben ser exprimidos para que estemos concentrados solo y exclusivamente para él. Son ventanas oportunas que se abren, las cuales están acondicionadas por la tranquilidad del hogar, el silencio, el cese de actividades y el cierre de un día largo.

Fue en esa noche, que el Espíritu Santo me llevo a considerar lo bendecido que somos por el hecho de vivir en él. Pero también me llevo a meditar, que ese disfrute no debe ser solo posicional, sino además funcional.

Lo que deseo escribir en estas líneas, es sencillo. No solo gocémonos por la posición eterna que tenemos mediante la cruz, sino también por aquella función eterna que nos ha sido dada por Gracia. Todos tenemos la dicha de no solo proclamar que estamos en él, sino de también manifestar aquella posición que la cruz nos otorgó.

Recordaba este pasaje:

Colosenses 1:22 NTV «pero ahora él los reconcilió consigo mediante la muerte de Cristo en su cuerpo físico. Como resultado, los ha trasladado a su propia presencia, y ahora ustedes son santos, libres de culpa y pueden presentarse delante de él sin ninguna falta.«

La cruz nos reconcilió con Dios. Y esta reconciliación trajo resultados extraordinarios:

  • Fuimos trasladados a su propia presencia.
  • Somos santos.
  • Fuimos liberado de toda culpa.
  • Nos presentamos delante de Dios sin faltas.

¡Esto ha hecho la cruz! ¡Esta es nuestra eterna posición!

Ahora no solo podemos decir que Cristo murió por nosotros, sino que nosotros hemos sido crucificados juntamente con él. El resultado es que fuimos trasladados a la unidad que el Hijo tiene desde la eternidad con su Padre. (Jesús en Juan 17 le llama “perfecta unidad”, al decir: “yo en ellos y tú en mi…”).

Comencemos a disfrutar esta posición. Una posición que no tenemos temor en proclamar. Una posición de honra. Una posición de justicia, paz y gozo. Sencillamente, esta es la posición que tenemos en su Reino.

Ahora muy bien, esta posición no debe quedar en el plano del saber (conocimiento superficial) o de la simple notificación que arroja “tranquilidad” a nuestra vida. Es correcto sentirse con abundante paz, ya que no es un asunto a ignorar la posición, pero esto no es todo.

Cuando retrocedemos unos versículos, en colosenses, nos damos cuenta que allí no solo se describe la posición, sino también la función a desarrollar como agentes trasladados. Como personas que pasamos de ser individuos a ser miembros. Nuestra función cambia. Por ejemplo un individuo siempre vivirá en absoluta independencia, en cambio el miembro, vive en una eterna dependencia, no solo de la cabeza, sino de todos los miembros que le rodean (así lo describe Pablo a los Efesios).

Comenzaremos diciendo que alguien trasladado a la presencia de Dios, es alguien que no se muestra a sí mismo, sino que muestra a Dios.

  • Ser Iglesia, es haber experimentado el traslado de ser un individuo a ser miembro. 
  • Ser Iglesia es haber perdido mi imagen, para ganar la suya.
  • Ser Iglesia es haber cambiado el sustento, raíz y origen de todo lo que realizo.
  • Ser Iglesia es hacer todo en él, por él y para él.

Claramente nuestra función es transformada. No somos los mismos desde aquel momento que su presencia nos absorbió y en Su espíritu fuimos nosotros bautizados. Haber sido traspasados por la cruz, no solo es un hecho de posición, sino también de función.

Esta temporada que iniciamos, habrá un fuerte énfasis en aquello que no solo sabemos que somos, sino en aquello que mostramos y manifestamos.

Nunca dejaremos de proclamar la victoria eterna de la cruz, pero tampoco dejaremos de manifestarla.

Colosenses 1:15-20 NTV «15 Cristo es la imagen visible del Dios invisible. Él ya existía antes de que las cosas fueran creadas y es supremo sobre toda la creación 16 porque, por medio de él, Dios creó todo lo que existe en los lugares celestiales y en la tierra. Hizo las cosas que podemos ver y las que no podemos ver, tales como tronos, reinos, gobernantes y autoridades del mundo invisible. Todo fue creado por medio de él y para él. 17 Él ya existía antes de todas las cosas y mantiene unida toda la creación. 18 Cristo también es la cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo. Él es el principio, supremo sobre todos los que se levantan de los muertos. Así que él es el primero en todo. 19 Pues a Dios, en toda su plenitud, le agradó vivir en Cristo, 20 y por medio de él, Dios reconcilió consigo todas las cosas. Hizo la paz con todo lo que existe en el cielo y en la tierra, por medio de la sangre de Cristo en la cruz.«

Siempre que hablamos de “tener a Cristo”, nos limitamos a señalar aquello que él provoca en nosotros; y si bien esto no esta mal, no obstante seguimos con una mirada personal e individual de Su presencia en nosotros.

La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿qué provoca en los demás el hecho de tener a Cristo?

Mi respuesta será muy sencilla. Si bien tener a Cristo genera en nosotros una experiencia extraordinaria, también esta debe ser experimentada por aquellos que nos rodean. Porque si tener a Cristo y vivir en Su presencia solo trae cambios personales, lo que hemos recibido quizás sea solo un credo, una frase aprendida, algún sentimiento fuerte, o algún tipo de pasión fugaz. TENER A CRISTO es portar la MISMA IMAGEN DE DIOS.

Por lo tanto, no solo hablamos de aquello que él produce en nosotros, comenzando con un contundente traslado a Su Realidad, es decir, a Su Presencia, sino que ademas, él toma dominio y gobierno de nuestras vidas para mostrarse fielmente al mundo. Porque de esta manera el mundo creerá que Jesucristo es el enviado de Dios.

Esta unidad de la que habla Jesús, es una unidad que viene a traer resultados de visión. Dios siempre necesitó un «envase» para mostrarse al mundo. El primer «envase» fue conocido como Jesús (Emanuel, Dios con nosotros); el segundo «envase» es La Iglesia, en la cual Cristo es la cabeza.

Haber sido trasladados a Su presencia, es ser Iglesia; no solo para un disfrute eterno e interno, sino para hacer visible lo invisible.

Dios es visto a través de Su Iglesia; Dios es visto a través de ti y de mí. 

¿Usted puede darse cuenta que esto no solo es posicional sino también funcional?

En Cristo no solo tenemos posición, sino también función.

Nuestra función eterna es: ¡que él sea visto!

  • Si en lo que hacemos él no es visto, nuestra vida es vana. 
  • Si en aquello que hago él no se da a conocer, nuestra vida carece de sentido. 
  • Si lo que desarrollo y gestiono en esta tierra no despierta hambre, interés y pasión por su voluntad, nada somos.

¿Porque tan radical lo que les comunico? Porque la imagen que portamos también la conocemos como amor.

Cuando Pablo le escribe a los Corintos en la primer carta, allí en el capítulo 13 les habla sobre el sinsentido de la vida, cuando aquello que hacemos carece de su imagen y esencia.

1 Corintios 13:1-3 NTV «1 Si pudiera hablar todos los idiomas del mundo y de los ángeles pero no amara a los demás, yo solo sería un metal ruidoso o un címbalo que resuena. 2 Si tuviera el don de profecía y entendiera todos los planes secretos de Dios y contara con todo el conocimiento, y si tuviera una fe que me hiciera capaz de mover montañas, pero no amara a otros, yo no sería nada. 3 Si diera todo lo que tengo a los pobres y hasta sacrificara mi cuerpo, podría jactarme de eso; pero si no amara a los demás, no habría logrado nada.«

El amor antes de un hacer es un ser. Es decir, yo no amo cuando hago algo, sino cuando muestro a alguien (cuando hacemos visible lo invisible).

Amar es mostrar a Dios.

Amar al mundo es que en cada acción hagamos visible al Dios invisible.

Ha llegado al hora de amar al mundo. Ha llegado la hora de amar nuestro hogar, nuestra familia, nuestra tierra, nuestro lugar de trabajo, pero no se ama proclamando, se ama manifestando.

Cuando proclamamos su obra, lo que hacemos es encender un luz que rompe las tinieblas, que disipa la oscuridad. Pero cuando manifestamos haciendo visible al Dios invisible, el mundo y todo lo que en él hay, es profundamente amado.

No dejes de proclamar, pero tampoco te olvides de manifestar.

Lo que proclamas habla de tu posición, lo que manifiestas habla de tu función.

Romanos 11:36 RV60 «Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.«

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