“Responder a la voz de Dios antes de formar a nuestros hijos”
En esta ocasión, quiero dirigirme a los papis que, de todo corazón, llevan adelante una tarea maravillosa. Ser padres suele presentarse como un desafío, o como algo que puede ser estresante y/o difícil. A todo esto se suma que esta sociedad busca bajar los niveles de responsabilidad y subir los niveles de egoísmo; por tal motivo, muchos se alejan de esta vida familiar, la cual es una vida diseñada por Dios.
Hoy solo dejaré cuatro pensamientos:
Privilegio & responsabilidad
Tenemos una gran responsabilidad y, a la vez, un gran privilegio al saber y entender que Dios nos confía parte de Su creación y envío. ¿Qué cosa creada ha enviado Dios que nos involucre a nosotros? Envió a esas “personitas” que nosotros llamamos hijos (biológicos, en adopción o del corazón). Cada uno de ellos son parte del magno y eterno propósito de Dios en esta tierra, y a esta responsabilidad y privilegio, Dios le ha colocado nombre: padres (papá y mamá).
Un llamado urgente e importante
No obstante todo lo mencionado previamente —lo cual es magnífico y maravilloso para quienes tienen la experiencia de serlo— nosotros, como padres, tenemos UN LLAMADO muy URGENTE e IMPORTANTE. Este llamado no es un “llamado personal”; tampoco es un llamado que señala alguna función física, externa y temporal, sino que es, primeramente, espiritual, interno y eterno.
El llamado del que hablaremos en esta primera parte es un llamado que tiene como antesala una predestinación, y esta predestinación es mencionada por Pablo en su carta a los Romanos.
Romanos 8:29-30 NTV: “Pues Dios conoció a los suyos de antemano y los eligió para que llegaran a ser como su Hijo, a fin de que su Hijo fuera el hijo mayor entre muchos hermanos. Después de haberlos elegido, Dios los llamó para que se acercaran a él; y una vez que los llamó, los puso en la relación correcta con él; y luego de ponerlos en la relación correcta con él, les dio su gloria.”
El orden que está detallado aquí no debería ser ignorado nunca. Sin dudas, Dios conoce a los suyos de antemano, y a ellos eligió para que llegaran a ser como Su Hijo (el hermano mayor). Esta es la predestinación: predestinados a tener la misma imagen del Hijo de Dios.
Cuando la predestinación se entiende y se acepta en fe, el paso siguiente es oír el llamado. Y solo aquellos que responden a la voz de Su llamado son quienes tienen una relación correcta con Dios. Esta relación no es sentimental ni emocional. Es una relación de pacto, una relación por medio de Cristo Jesús, que, al vivir Su vida en nosotros, el Padre recibe placer y tiene absoluto contentamiento. Es en esta relación real que recibimos, por gracia, Su gloria.
¿Qué es gloria? Gloria es la imagen misma de Dios: Su vida, carácter, fruto y visibilización expresada por aquellos que respondieron al llamado.
No es lo mismo forzar la imagen que reflejar la imagen. La religión institucionalizada y domesticada ha tratado de que la gloria de Dios esté forzada: a través de eventos, de reuniones que tocan los sentimientos, de manipulación y control; una gloria forzada a través de obedecer lo que un hombre envía a realizar, etc. Sin embargo, la GLORIA NO FORZADA es la gloria que se muestra por medio de la obediencia a una ley interna: la ley del Espíritu de vida en Cristo. Esto es el nuevo pacto, una ley escrita en la mente y trazada en el corazón.
La manifestación de la gloria de Dios es la VISIBILIZACIÓN del Padre eterno, lo cual implica sacar a la luz aspectos o realidades que no se ven a simple vista o que están socialmente ocultos, porque, sencillamente (como en este caso), son realidades trazadas en el corazón y que cotidianamente se viven como una realidad presente.
Por lo tanto, podemos decir con toda seguridad y confianza que un real encuentro con Cristo Jesús es un regreso al origen, un regreso al Padre y un regreso a Su diseño, propósito y plan.
¿Cómo poder escuchar Su voz y responder a ella? Pues muy fácil: aceptando nuestra predestinación, ser conformes al Hijo. Porque el llamado que Dios hará no lo hará para que realicemos cosas en primer lugar, sino que es un llamado a seguir una voz; una voz que me rescatará, me salvará, me justificará y me glorificará.
Padres que responden al llamado
¿Qué llamado? Un llamado a salir. El llamado no es una función, sino una separación.
Abraham no fue llamado primero a ser “padre de naciones”. Fue llamado a salir de su tierra, de su parentela y de la casa de su padre. El propósito de su función vino después, pero la separación vino primero, porque la separación es el principio del propósito. La fe es la sustancia que nos hace comenzar por el principio: “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba.” Hebreos 11:8.
Isaac tuvo que salir de la autosuficiencia a la dependencia absoluta del plan divino, comenzando esta experiencia con su padre Abraham cuando fueron juntos al monte Moriah para ser ofrecido como ofrenda al Señor:
“Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac…” Hebreos 11:17-19.
Jacob tuvo que salir de su casa, de su zona cómoda, incluso de su vieja identidad. No fue llamado a fundar una nación en primer lugar, sino que primeramente fue llevado a un proceso donde su nombre y carácter fueron mudados. En primer lugar, sale de su casa por miedo a que lo maten; sin embargo, luego, estando en casa de Labán (su suegro), comienza a tener su primera salida por obediencia, para luego, en Peniel, tener una salida que no era geográfica, sino identitaria: sale de ser un engañador, un manipulador y un autosuficiente. Esta última salida le cambió el nombre y quedó marcado para siempre (Génesis 32).
Moisés no comenzó como libertador. Primero tuvo que salir de Egipto, renunciando a ser el hijo de la hija del faraón (eso lo hizo por la fe); luego pasó años en el desierto, y allí fue formado. El llamado no empezó con una función específica, sino con un proceso.
Podemos observar que la fe tiene inicio en corazones que responden a la voz del Señor. Nada podemos hacer sin fe. Y salir del mundo es algo que la fe puede hacer y quiere hacer en nosotros:
“Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón…” Hebreos 11:26-27.
Entonces, con toda firmeza, podemos decir que nuestro llamado primario no es a un “ministerio”, sino a una salida. No es primero a ser pastor, profeta, músico o líder.
Nuestro único llamado es salir:
– Del sistema que nos formó.
– De la autosuficiencia.
– De la identidad vieja.
– De nuestro propio Egipto.
Porque el ministerio es función, pero la salida es transformación. Sin salida, cualquier función se convierte en actuación.
La palabra “iglesia” proviene del griego ekklesía (ἐκκλησία).
Está compuesta por: ek = “fuera de” y kaléō = “llamar”.
Literalmente significa: “los llamados fuera” o “asamblea convocada”.
En el uso griego común (antes y durante el tiempo bíblico), ekklesía no significaba “salir” como acción individual, sino una asamblea de ciudadanos convocados para reunirse.
En otras palabras, no significa simplemente “los que salen”, sino “los que han sido llamados fuera para reunirse”.
Nuestro llamado no es primero a una función, sino a responder a una voz que nos llama fuera.
Fuera de:
– Egipto (esclavitud).
– Ur (viejas seguridades).
– Peniel (viejas identidades).
– El sistema del mundo.
La iglesia no es un edificio. La Iglesia es un pueblo que ha escuchado una voz y ha salido fuera.
El llamado de Dios no comienza con una función, sino con una voz. En la Escritura, el llamado primario no es a ser pastor, profeta, músico o líder, sino a salir. Salir del sistema que nos formó, de la autosuficiencia, de la vieja naturaleza y del mundo que nos moldeó lejos de Él. El llamado es, ante todo, a Cristo mismo.
Jesús mismo afirmó: “Muchos son llamados, pero pocos escogidos.” El llamado es real, pero también es real que no todos responden a ese llamado. Es entonces que la elección se manifiesta en aquellos que responden correctamente a la invitación. No todos los que oyen la voz salen; y no todos los que salen perseveran en el proceso. Dios forma y procesa a los que responden a Su llamado.
Después del llamado viene el proceso. Dios no constituye funciones en quienes no han sido formados. En Efesios 4:11 no se dice que Cristo “llamó” apóstoles, profetas o pastores, sino que los constituyó. Constituir implica establecer, formar, medir y preparar para el servicio.
Dios no llama funciones; Dios llama personas. Y a las personas que responden, las forma. Y a las que forma, las constituye.
Los “no” que siempre son “sí”
Al conocer y experimentar la gracia, fluimos desde ella. Sin embargo, la gracia no es ausencia de límites, sino que es el límite de la vida de Dios.
Este ejemplo lo hemos observado al discernir la parábola del hijo pródigo: un hijo que sale de los límites de la gracia y decide vivir su propia vida.
Las fronteras de la gracia están llenas de amor y perdón, pero muchas veces se reflejan con un “no”.
No se trata de que Dios prohíbe, sino de que Dios nunca nos atará a Su gracia, aunque ella sea suficiente. Cuando decidimos saltar la valla de Su consejo (como Adán y Eva), la muerte entra en acción y la perdición comienza desde entonces.
Así como en nuestro cotidiano camino de salvación experimentamos los “no” de parte de Dios, así nuestros hijos también los experimentarán.
Todos los “no” de Dios siempre son un “sí” para Su propósito.
2 Corintios 1:20 NVI: “Todas las promesas que ha hecho Dios son «sí» en Cristo. Así que por medio de Cristo respondemos «amén» para la gloria de Dios.”
Si logramos entender que el carácter de Dios es más grande que nuestras circunstancias, entonces también comprenderemos que el plan de Dios ejecutado en la familia siempre será más grande que las circunstancias temporales que podamos atravesar.
No se trata de poner límites en la carne, sino de leer la gracia y responder a ella, aunque muchas veces eso nos lleve a decir: “basta”, “esto no”, “eres menor para estas cosas”, “levántate”, “ordena tu cuarto”, “ayuda a mamá”, etc.
El peso de nuestras palabras no depende de la firmeza de nuestra voz, sino de la firmeza de nuestra respuesta a la voz de Dios cuando nos toca personalmente responder a ella.
Con esto no digo que evitaremos conflictos; solo digo que en casa no faltará el poder de Dios ni Su sabiduría para enfrentar tiempos hostiles.
Papis con un corazón vulnerable a Dios, vulnerable al llamado, pero indómito frente a esta sociedad depravada y torcida que, por medio de las potestades de las tinieblas, quiere torcer los caminos de Dios.
El mundo necesita padres despiertos, no padres distraídos. Necesita hombres y mujeres que hayan salido primero, que hayan sido procesados, formados y rendidos a Cristo. La crisis no comienza en la sociedad; comienza cuando quienes fueron llamados a salir deciden quedarse. Que no seamos padres por costumbre, sino por convicción; no por presión cultural, sino por la luz de Cristo en nuestros corazones. Porque cuando un padre responde al llamado, una generación completa cambia su destino.
Antes de enseñar, escuchemos. Antes de exigir, respondamos. Antes de corregir, dejémonos corregir por Él. El llamado sigue vigente, la voz sigue sonando y la gracia sigue disponible. Que seamos padres que viven hacia afuera solo después de haber respondido hacia adentro. Y que cada “sí” que demos a Dios hoy se convierta en un legado eterno en el corazón de nuestros hijos.
Con mucho amor, Julián.






