La obediencia no necesita alardear, ni hacer ruido. No busca reconocimiento humano ni protagonismo religioso e institucional. Es silenciosa, íntima, interna… pero poderosa. Se contrapone al ruido de la religión , a las “palabras sin peso”, a las apariencias místicas que no producen transformación.
Cada uno debe dar según se lo haya propuesto en su corazón, y no debe dar con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama a quién da con alegría. 2 Corintios 9:7