En este mensaje, exploramos cómo la Palabra de Dios —viva, eterna y eficaz— es el instrumento divino para nuestra santificación. Aunque Dios ya nos ha santificado en Cristo, aún hay mucho de nuestro “yo” que debe ser quebrado para que la vida de Cristo se manifieste plenamente en nosotros.
Cada uno debe dar según se lo haya propuesto en su corazón, y no debe dar con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama a quién da con alegría. 2 Corintios 9:7