La pregunta que me hago en estos días es: ¿la madurez ha dejado de ser un destino inevitable para convertirse en una opción que muchos creyentes hoy rechazan?
Una cosa sé: la madurez nunca ha sido una opción para los hijos de Dios. Pero sí, lamentablemente, lo es para muchos creyentes. Y cuando digo creyentes, digo solamente eso: “creyentes”; personas que simplemente creen, pero que nunca han experimentado el trabajo que la Palabra de Dios, implantada en el corazón, puede producir en el hombre.
Recordemos juntos lo que dijo Santiago:
Santiago 1:21 (RV60) “Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas.”
La Palabra que viene de Dios siempre produce el fruto que Él desea. Sin embargo, cuando no llega a implantarse —por la condición del corazón—, el alma queda sin gobierno divino. Jesús explicó claramente los cuatro tipos de corazones frente a la Palabra, comparándolos con terrenos: la orilla del camino, los espinos, los pedregales y la buena tierra (Marcos 4). El problema nunca está en la Palabra, sino en la ausencia de un corazón quebrantado, humilde y manso. Por esa razón, la Palabra termina siendo abortada, produciendo almas sin gobierno del Espíritu, libradas a la voluntad y capricho del hombre. En el mejor de los casos, se llega a un simple punto de convicción y creencia, pero nada más.
Creyentes vs. Hijos de Dios
Necesitamos marcar la diferencia abismal entre un creyente y un hijo de Dios.
Un creyente es alguien que abrazó una creencia y eligió creer en aquello que lo cautivó. Sin embargo, vivir como un hijo de Dios supera ampliamente la vida del mero creyente.
Porque, como dice Pablo, un hijo de Dios no solo cree, sino que también está dispuesto a sufrir por causa del Evangelio; camina hacia la madurez, aceptando el inevitable paso hacia el discipulado: una vida gobernada por la lógica del Espíritu y por las decisiones informadas por la Palabra.
Filipenses 1:29 (NVI) “Porque a ustedes se les ha concedido no solo creer en Cristo, sino también sufrir por él…”
Santiago 2:19 (NVI) “¿Tú crees que hay un solo Dios? ¡Magnífico! También los demonios lo creen, y tiemblan.”
Pablo deja en claro que no solo se nos concedió creer, sino también sufrir por Cristo. Y esto marca una línea divisoria: vivimos en una cultura que evita a toda costa el sufrimiento, porque no está en la lista de quienes buscan comodidad y placer.
Por otro lado, Santiago compara al “simple creyente” con los demonios. Reconozco que es una comparación fuerte, pero no deja de ser verdadera. De hecho, creo que los demonios creen mejor que muchos creyentes que andan de congregación en congregación. Ellos saben y han visto al que los exhibió públicamente en la cruz del Calvario. Santiago afirma que “creen y tiemblan”, pero no dejan de ser demonios.
Creer no es suficiente
Mis amados, creer es esencial para acercarnos a Dios, pero no es suficiente:
Hebreos 11:6 (RV60) “Y sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que es remunerador de los que le buscan.”
Creer es preliminar. Es el primer paso antes de apropiarse de la fe que en Cristo Jesús nos fue concedida. Para llegar a la fe del Hijo de Dios (Gálatas 2:20), primero hay que creer.
La diferencia entre creer y tener fe es clara:
- Yo puedo creer que lloverá, pero no tener fe para que ocurra.
- Creer puede compararse a la instalación eléctrica de una casa;
- la fe es la energía que recorre esa instalación y hace que todo funcione.
Por lo tanto, creer sin fe es tener todo instalado, pero sin lo esencial. Aquí está la bifurcación entre quienes solo creen y quienes llegan a la fe del Hijo de Dios.
La fe es propiedad de los nacidos de nuevo. Creer está al alcance de todos, pero la fe solo pertenece a los hijos de Dios, porque solo ellos pueden vivir una vida que agrade al Padre.
Gálatas 2:20 (RV60) “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.”
Madurez: un destino inevitable
La cruz nos dio una vida nueva. Allí pasamos de muerte a vida, y allí recibimos la fe del Hijo de Dios para vivir una vida que agrade a Dios, aun en nuestro cuerpo mortal. No se trata de nuestras fuerzas, sino de Su gracia y Su fe operando en nosotros.
Por eso, para un hijo de Dios, la madurez no es una opción: es un destino inevitable.
Una iglesia que resplandece es aquella que se manifiesta como hijos, y no como simples creyentes que ejercen un voluntariado ocasional en la obra del ministerio. Los hijos se destacan por ser disciplinados y perfeccionados por medio de la Palabra que sale de la boca de Dios.
1 Corintios 13:11 (NVI) “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; cuando llegué a ser adulto, dejé atrás las cosas de niño.”
Crecer nunca fue una demanda divina. La madurez sí lo es. La Biblia enseña que uno siembra, otro riega, pero el crecimiento lo da Dios (1 Corintios 3:7). Crecer no es la meta; sino que es lo que Dios produce en nosotros cuando somos expuestos a la Palabra y a su riego constante. Pero la madurez es la decisión cotidiana que tomamos frente a lo recibido.
Madurar significa anhelar ardientemente que la Palabra se haga realidad en nuestra vida, y no que quede reducida a una frase que adorna el intelecto carnal. Por no entender esto, muchos esperan de Dios lo que jamás recibirán: viven con un intelecto entenebrecido por la vanidad de un discurso sin Espíritu.
Cuatro consideraciones finales
- No se madura por dejar cosas; maduramos, y por eso dejamos atrás las cosas de niños.
- Creer es preliminar, pero no suficiente: para madurar necesitamos aprender a sufrir correctamente, expresando la realidad de Dios.
- La diferencia entre un creyente y un hijo de Dios es clara: el creyente solo cree; el hijo es llevado por el Espíritu Santo a una vida de glorificación al Padre (“Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia”).
- Solo los hijos pueden manifestar al Padre y ser instrumentos para liberar la creación de la corrupción a la que está sujeta.
Con cariño en Cristo,
Tu servidor y amigo, Julián.







2 comentarios
Qué bueno es volver a leer estos pensamientos que el Señor te provee, me alegro mucho y celebro que a través de este instrumento muchas vidas sean impactadas con la palabra de Dios, como lo hace conmigo. Gracias, Julian!
Querido Jonathan, gracias por tus palabras; para mi es un enorme placer comparitr aquello que vamos entendiendo y ponerlo en palabras, aunque ellas parezcan nunca alcanzar. Te envio un fuerte abrazo.