Vivir en el espíritu es vivir para el deseo de Dios, arrepintiéndonos todo el tiempo, viviendo quebrantados y humillados delante de él, porque a cada segundo dependemos de su gracia. En tan solo un instante, en una milésima de segundos, podemos pasar de hablar desde el deposito del espíritu a emitir palabras desde nuestra humanidad y carne. Si perdemos la conciencia que somos la morada del espíritu de Dios, podemos llegar a decir y pensar cualquier otro asunto que no sea aquello para lo cual Dios nos escogió.
Y es así, que perdiendo la conciencia real del espíritu —una conciencia formada y entrenada por el espíritu y no por ninguna cosa externa a él— es que somos llevados a una verdadera vida del espíritu. Lamentablemente hay muchos que ponen su confianza en diversos cursos y capacitaciones que pueden realizar, pero los tales, son capacitaciones externas, para el hombre externo; pero ¿quién podrá instruirnos verdaderamente? ¿Cómo es posible que después de haber estudiado y “entendido” cosas que para nosotros son “poderosas”, nuestras vidas sigan siendo las mismas? ¿Cómo es posible que pasando horas estudiando y conociendo asuntos del espíritu, continuemos una vida que jamás ha experimentado la transformación que la Palabra de Dios realiza en el hombre interior? La respuesta está en que hemos tratado de ser cristianos sin el Espíritu Santo. Hemos procurado conocer a Dios desde lo cognitivo, desde un papel, o peor aun, poniendo las esperanzas en hombres que, por mas santos y devotos que sean, no tienen la capacidad de enseñarnos a la perfección desde la escuela de la experiencia viva y real que solo el Espíritu Santo puede otorgarnos.
Cuando sacamos de la ecuación al Espíritu Santo, solo nos queda un pseudo cristianismo. El tal es una fachada, una simulación del verdadero cristianismo. El falso cristianismo, el cual esta basado en la apariencia externa y en la formación de conceptos y palabras rimbombantes, hace a un pueblo incapaz de vivir al Espíritu Santo en toda su plenitud; y cuando digo en toda su plenitud, digo que podamos vivirlo como aquel maestro y consolador que fue enviado para guiarnos, consolarnos y enseñarnos todas las cosas. ¿Usted se da cuenta cómo hemos delegado estas acciones en la vida de los hombres? Nosotros esperamos que un hombre venga y nos enseñe, que sea una persona la que nos consuele y que sea un pastor el que nos guíe. Y de ninguna manera digo que Dios no pueda utilizar a las personas para manifestarse en consuelo, amor, exhortación y guía; sin embargo nosotros, en nuestra vana manera de vivir, hemos hecho del hombre un semi-dios que debe hacer todo lo que el Espíritu Santo, lamentable y tristemente, no esta haciendo dentro de nosotros.
Cuando el Espíritu Santo es quitado de la formación y capacitación, aparece la “pastorlatría”, la “apostolatría”, la “cursolatría”, los “perfeccionolatría”, etc. podríamos estar todo un día conjugando acciones y personas que adoramos de manera explícita y que a la misma vez, se vive en un cotidiano rechazo a la obra transformadora del Espíritu Santo. Y sí, es esta la diferencia, la obra transformadora que solo el Espíritu Santo puede otorgar a quienes son enseñado por él.
1 Juan 2:20/27 RV60 “20 Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas. 27 Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él.”
Aquí el apóstol Juan, quien escribe casi al final del siglo I, escribe en medio de un clima hostil, ya que había personas que estaban causando divisiones internas en la Iglesia, por causa de apartarse de las enseñanzas apostólicas, negando así la encarnación real de Cristo (v.19); y Juan les escribe para afirmar la fe de los verdaderos hijos de Dios y fortalecer su comunión con el Padre y con el Hijo (1 Jn 1:3). La lucha contra los falsos maestros siempre existió y existirá.
¿Quien es un falso maestro?
- Un Falso maestro: son aquellos que toman las escrituras y escogiendo algunos textos, los tuercen de tal modo, que aquel que no es “docto en la palabra”, puede creer que le hablan desde la palabra de Dios, mas no es así, porque es solo palabra de hombres.
- Un falso maestro: desestabiliza a la Iglesia según 2 Pedro 3:16-17 “…las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición. 17 Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza.”(Viene hablando de las cosas difíciles que Pablo comunicaba). Hoy en día tambien hay muchos que tratan de “explicar” lo que pablo comunicaba, pero tuercen el mensaje… esto produce pérdida de firmeza en los santos.
- Un falso maestro: siempre será conocido por su fruto; lo que deja a lo largo del camino… los daños que producen.
Ahora bien, Juan contrasta la mentira de los falsos maestros (anticristos) con la unción del santo que provee al cristiano discernimiento y firmeza en la verdad. No se trata de que el Espíritu Santo nos de una “revelación secreta o nueva”, sino de una real guía y conducción a toda verdad (Juan 16:13). Y es en el versículo 26 que dice cual es el motivo por el cuál escribe estas líneas: “os he escrito esto sobre los que os engañan…”; por lo tanto este es el motivo por el cual llega a decir: “ustedes tienen la unción del santo… no necesitan que nadie les enseñe, porque esta unción les enseña todas las cosas…”. La unción (el Espíritu Santo ) es nuestra defensa; él es quien puede protegernos en medio de ámbitos que solo se anuncia un mensaje torcido para el propio interés del hombre. No existe ningún curso, ni ninguna escuela que pueda “vacunarte” contra los falsos maestros, pero ¡tienes la unción del santo!
Es el Espíritu Santo quien enseña, mantiene y afirma al creyente cada día en la verdad. Si esperamos que el hombre, sea cual sea su función, haga esto en nuestras vidas, es entonces que debo decir que: ¡estamos perdidos! Al decir: “no necesitan que nadie les enseñe”, no significa que no se necesite enseñanza humana, sino que toda enseñanza debe ser juzgada por el Espíritu de la verdad en nosotros (1 Corintios 2:12-15).
Cuando se nos quiere hacer creer que por estudiar o hacer “tal curso” nuestra vida y ministerio crecerán de manera extraordinaria, tal cosa es una herramienta de marketing para vender mas, pero no es la realidad del hombre interior. De ninguna manera hago apología de no estudiar. Quien escribe estas líneas, se dedica fervientemente al estudio de la palabra sistemáticamente y disciplinadamente, pero de ninguna manera podemos llegar a pensar que por aquello que estudiemos, nuestra vida será transformada y nuestro ministerio será pujante y exitoso. El éxito de la obra del ministerio consiste en hombres y mujeres transformados por el Espíritu Santo.
Es al Espíritu Santo a quien le debemos el poder agradar a Dios; a la carne no le debemos nada. Ni a mi carne ni a la carne de los demás. Nuestra deuda —si es que tenemos una deuda— es hacia el Espíritu Santo. Él es quien nos guía, él nos suministra gracia, él nos da la competencia y la habilidad para hacer buenas obras, porque cualquier habilidad para hacer el bien que Dios desea recibir, es ajena y externa a nosotros.
Si nacimos de nuevo somos guiados por el espíritu TODO EL TIEMPO… entonces ¿por qué fallamos si Él siempre nos guía? Sencillamente porque ignoramos su guía, su voz, sus impulsos, sus frenos, sus limites, su sabiduría, sus recordatorios, sus advertencias, negamos a cada momento su poder; el poder que nos lleva a vencer aquellas obras de la carne.
O vivimos por la carne o vivimos por el espíritu, aquí no hay purgatorio, es decir, no hay vida intermedia, ni zonas grises. A veces sentimos que no estamos tan mal, porque desde una perspectiva confusa y ciega, vemos que no estamos sumergidos en asuntos graves o extremos de inmoralidad, pero eso no quita que estemos alimentando y humectando esa semilla, la semilla de la carne, la cual aun sigue dando brotes. Los primeros indicios de una vida así (que mantiene húmeda y alimentada la semilla de la carne), es una vida debilitada en la fe y en el amor. La fe languidece y el amor se enfría.
El amor de muchos se enfriará (Mateo 24:12), y la fe de muchos naufragará (1 Timoteo 1:19) por causa de decidir vivir por lo que ven y oyen en la carne. Es entonces que los asuntos de Su reino deja de atraernos, de hecho, algunos llegan al punto de ni saber porqué congregan. Hay mas quejas que gozo. La oración se volvió un “Everest”, en donde solo “los elegidos” pueden acceder a ella. Ya no hay pasión por los perdidos. Todos mis problemas son meramente míos y no son aquellas “batallas de la fe” que se presentan por causa de seguir Sus impulsos y direcciones. Tenemos batallas “libradas” por nuestra carne y no libradas por la fe. Ya no tenemos pasión los los lugares no alcanzados. Ya nos da lo mismo ver la reunión por internet que presencial. Recuerdo haber leído que el pastor británico David Martyn Lloyd-Jones, llegó a decir que no le gustaba que le graben los mensajes, porque las grabaciones no pueden capturar la ministración que en ese momento el espíritu daba. Es que a nosotros hoy en día, nos da lo mismo comprometernos o no, nos da lo mismo llegar a horario que mas tarde, estar que no estar. Y se comienza a vivir una vida de tibieza tan profunda, que las “zonas grises” comienzan a aparecer. Ya no se trata de gente que se enfrió, tampoco de una generación ferviente, sino de una generación tibia; una generación que se volvió el “vómito de la boca de Dios”. Mi hermano, Dios no tolera a los tibios, Dios no tolera “nuestros grises”, Dios no tolera “nuestros purgatorios”.
Los falsos maestros y la ausencia del Espíritu Santo en la vida del neo-cristianismo, han logrado que la vida purgatorial, sea una realidad del creyente del siglo XXI.
La definición de “purgatorio”, es un concepto que solo el catolicismo romano adoptó en el año 1500 aproximadamente, para describir a las personas que, después de morir, necesitan ser purificadas; es decir, tienen un alma que se debate entre el cielo y el infierno (un alma atrapada que espera la acción de otros para acceder a la vida eterna).
Así veo hoy en día: personas que eligen vivir en “zonas grises”, con la esperanza que la acción de un tercero (puede ser un pastor, un líder, o cualquier otra persona), haga algo por ellos que los eleve a un cristianismo seguro y maduro.
Cuando digo una “vida purgatorial”, estoy hablando de la vida de aquellos que tienen una “fe atrapada” entre el arrepentimiento y la obediencia (no se arrepintieron de sus pecados, y tampoco viven una vida de obediencia), una “fe atrapada” entre el altar del sacrificio y el mundo (sus vidas aun no fueron entregadas, pero tampoco tienen los dos pies en el mundo), es decir, una vida que se debate entre Romanos 12:1 y 1 Juan 2:16.
Mi amada Iglesia preciosa, no quiero ofender a nadie, solo quiero ser fiel a las palabras que brotan desde el deposito de mi corazón en esta mañana y decirte que una “vida purgatorial” que contiene un tipo de “fe atrapada” no existe. Jamás estarás con “un pie” en Cristo y “otro pie” en el mundo. O estas completamente sacrificado en el altar o estas derramado con todos tus placeres en el mundo.
Apocalipsis 3:15-16 RV60 “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.”
La condición de la Iglesia de Laodicea era extremadamente paupérrima. De hecho es una de las iglesias a la que Dios le entrega un mensaje en donde no tiene nada bueno que decirle. ¿Porqué? Porque es imposible hacer algo que agrade a Dios manteniéndonos en una “fe atrapada”, perseverando en “zonas grises e intermedias” de la fe —la cual insisto; tal vida no existe desde la perspectiva de Dios—.
Hay una condición laodicense moderna: una iglesia que no es ni mundana del todo ni santa del todo, una generación “purgatorial” —atrapada en esa zona intermedia donde hay movimiento pero no transformación—.
Ya no se trata de “gente que se enfrió”, ni de una generación ferviente, sino de una generación tibia: una generación que se volvió el vómito de la boca de Dios: “Porque no eres ni frío ni caliente, sino tibio, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:16).
Así se levanta hoy “una fe purgatorial», una vida espiritual suspendida entre el arrepentimiento y la obediencia, entre el altar y el mundo; un cristianismo que trabaja esforzadamente por el Reino, pero no cambia; que ora pero no se rinde, que confiesa pecados pero jamás se arrepienten de ellos.
A la carne la podemos vestir, maquillar, enseñarle textos bíblicos, costumbres cristianas, canciones y actos corporales que demuestren “un tipo de adoración” aceptada por el status quo de la iglesia moderna… La carne podrá bautizarse (Simón el mago en Hechos 8:13), y tambien podrá predicar y aconsejar… mas nunca podrá reflejar a Cristo; la carne puede hablar de cristo, pero nunca podrá lucir a Cristo.
¡Basta ya! Dejemos de crear “Purgatorios”. Necesitamos ponerle frenos a los diversos “purgatorios” que diversas congregaciones, Pastores y lideres crean o permiten en medio del pueblo de Dios. Se están creando lugares, procesos e ideas intermedias que Dios nunca estableció. Frases como: “anda medio flojo”; “le cuesta un poco”; “lo importante es que se mantenga congregando” (como si el congregar y cumplir con miles de actividades congregacionales irían a salvar al pecador).
Recuerdo ir a una mamá decir: “yo se que si mi hijo se mantiene sirviendo a Dios, él permanecerá fiel al Señor y Dios hará su obra…” ¿desde cuando el servicio a Dios se tornó el “aguantadero” de los pecadores para “mantener” su fidelidad? ¡Claro! ¡Ahora entiendo! Cuando las actividades se levantan como dioses dentro de una congregación, estas terminan sosteniendo lo que la fe jamás sostendrá: una vida purgatorial.
Esta es una generación que ya no es sostenida por la fe, sino por las actividades que la iglesia (congregación) organiza. No viven por la convicción del Espíritu, sino por el calendario de los eventos. Han reemplazado la comunión con Dios y la vida del Espíritu por el movimiento constante, confundiendo actividad con vida espiritual.
Y es así que tenemos una generación que habita una especie de purgatorio espiritual: no está muerta, pero tampoco plenamente viva. No son sostenidos por la fe que obra por el amor, sino por la actividad que disfraza la sequedad del alma. Han aprendido a moverse sin ser soplados por el Espíritu. Es esta generación que no vive según la enseñanza de Jesús a Nicodemo:
Juan 3:7-8 RV60 “ No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. 8 El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.”
De ninguna manera Jesús compara al Espíritu Santo con el viento, sino que habla de aquel que nace de nuevo. El nacido del nuevo es como el viento, ya que tiene una libertad intrínseca y una dirección en su vida que jamás podrá ser explicada ni entendida desde criterios humanos. Es el nuevo nacimiento el que produce en el cristiano una vida guiada, impulsada y movida por el Espíritu Santo, de manera “misteriosa”, impredecible e inexplicable: como el viento.
Estas palabras de Jesús apunta al nacido de nuevo y no a la naturaleza del Espíritu Santo. Lo que podemos decir, es que, así como percibimos el viento y sus efectos, aunque no veamos su origen; así sucede con aquellos que nacen de nuevo: veras el fruto de esa vida, pero jamás conocerás profundamente ni entenderás el origen de esos impulsos que se gestan en su interior.
Pablo se lo dice a los Romanos (8:14): “los que nacieron de nuevo (los hijos de Dios) son guiados por los impulsos del Espíritu Santo…”. A lo largo de la Biblia observamos estos impulsos. Desde Abraham, un hombre impulsado a dejar su tierra y su parentela para ir a un lugar que desconocía; hasta Jesús mismo, siendo llevado por el Espíritu al desierto.
La fe verdadera, la cual jamás accede a una “vida purgatorial”, se ve siempre reflejada en hombre se se mueven como el viento.
Las iglesias con “ámbitos purgatoriales” proponen:
- Falsas zonas de consuelo espiritual, donde se pretende que alguien pueda “purificarse” o “acomodar su vida” sin arrepentirse genuinamente de sus pecados.
- Conceptos o prácticas religiosas inventadas, que buscan aliviar la culpa o justificar una vida tibia, en lugar de conducirlos a la cruz de Cristo.
- Excusas espirituales que intentan hacer más “llevadero” y “fácil” el mensaje del evangelio, restándole su urgencia y verdad.
Es tiempo de abandonar las zonas grises: entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte, entre el pecado y la santidad. No hay punto medio donde el alma pueda reposar cómodamente: o nacemos de nuevo, o estamos perdidos.
Los “purgatorios” se crean para mentes que todavía creen, lamentablemente, que aún hay tiempo, en donde se nos permite pensar que podemos vivir a “medio camino” entre Dios y el mundo (como Israel en el desierto). Sin embargo, Cristo no murió para dejarnos en un “limbo espiritual», sino para hacernos nuevas criaturas. No hay Vida Nueva sin cruz, ni transformación fuera de su Espíritu. Es hora de dejar los purgatorios y volver a la cruz.
Muchas veces el corazón busca “inventar purgatorios” para no enfrentar la cruda realidad de su condición. Nos decimos a nosotros mismos o a otros que “con el tiempo todo cambiará”, que “Dios entenderá”, que “esto” que sucede (pecado) es algo que “se irá limpiando solo…”; pero ese purgatorio es una ilusión. Solo la gracia de nuestro Señor Jesucristo puede desarraigar lo viejo y plantar algo nuevo. Si la semilla del Reino no germina en nuestros corazones, todo —absolutamente todo— será una ilusión y no una realidad.
Deseo que juntos nos tomemos un tiempo para reflexionar y orar. No pretendo darle un cierre a estas lineas. Solo deseo y anhelo con todo mi corazón, que oremos en acuerdo. Que pensemos cada palabra que pronunciamos en oración y que pidamos a Dios ser soplados y arrastrados por su Espíritu. Solo su Espíritu Santo puede unirnos a la voluntad del Padre, para vivir una fe viva y real.






