La salvación no es solo el perdón de pecados ni un evento aislado del pasado. Es una obra viva, constante y cotidiana, un camino que transitamos hasta alcanzar la plena madurez de Cristo en nosotros.
La Escritura nos revela que la gracia no solo nos absuelve como Abogado, sino que también se nos entrega como Semilla viva, sembrada en la tierra de nuestro corazón para gobernar, transformar y producir vida. No se trata de una cruz meramente histórica, sino de una cruz cotidiana, vivida desde adentro por la obra del Espíritu.