Cuidado, Crecimiento y Dispensación I

PARTE I

(Los primeros párrafos, son palabras literales del apóstol Alberto Calviño, al compartirme mensualmente sus apuntes… Gracias Alberto!).

La palabra dispensación tiene que ver con distribuir, suministrar, repartir, dispensar. De allí provienen los términos “despensa” o “dispensario”. La intención de Dios en Su economía consiste en impartir Su ser —Padre, Hijo y Espíritu— en Su pueblo escogido, que es la Iglesia.

Dios eligió dispensarse a sí mismo, esa es su economía. Es mucho más amplio y más profundo que recibir cosas de Dios. Es mucho más que la suma de todas las doctrinas y credos. Es Dios mismo, en toda su plenitud impartido en nosotros. 

Dios se encarnó en Jesús y por medio de él pudimos ver al Padre. Dios no solo envió a su Hijo al mundo, Él mismo se impartió a la humanidad en el Hijo. Recordemos algunas expresiones de Jesús en el evangelio de Juan:

10:30 “El Padre y yo somos uno”

10:38 “Pero, si las hago, aunque no me crean a mí, crean a mis obras, para que sepan y entiendan que el Padre está en mí, y que yo estoy en el Padre”  

14:10 “¿Acaso no crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les comunico, no las hablo como cosa mía, sino que es el Padre, que está en mí, el que realiza sus obras”

14:11 “Créanme cuando les digo que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí; o al menos créanme por las obras mismas”

17:21 “para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”

Luego de haberse impartido a la humanidad por medio de Jesucristo, Dios se imparte a los suyos por medio de su Espíritu. De esta manera la plenitud de la deidad habita en nuestros corazones por medio de la fe. Y es ese Espíritu quien regenera, transforma y glorifica a los creyentes, capacitándolos para el cumplimiento de su propósito eterno.

La dispensación es la impartición de Dios, en Cristo y por medio de su Espíritu, a nosotros a fin de producir en el universo el único Cuerpo de Cristo, la Iglesia, que es Su expresión corporativa.

Así como el Padre se impartió en la persona de Jesús, de la misma manera ahora se imparte a su Iglesia, habitando dentro de nosotros. 

En el mismo evangelio de Juan el Señor nos manifiesta esta verdad:

14:18 No los voy a dejar huérfanos; volveré a ustedes. 

14:19 Dentro de poco el mundo ya no me verá más, pero ustedes sí me verán. Y porque yo vivo, también ustedes vivirán.

14:20 En aquel día ustedes se darán cuenta de que yo estoy en mi Padre, y ustedes en mí, y yo en ustedes. 

14:21 ¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

14:22 Judas (no el Iscariote) le dijo: —¿Por qué, Señor, estás dispuesto a manifestarte a nosotros, y no al mundo?

14:23 Le contestó Jesús: —El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra morada en él. 

El evangelio no se trata solamente de creer lo correcto o de seguir a Jesús, se trata más bien de poseer su vida y la plenitud del Dios trino habitando en nosotros. A esto nos referimos cuando hablamos de Dispensación. Dios impartido en los santos.

Ahora bien, al recibir Su vida y Gracia como regalo, hemos sido liberados de pagar con muerte el pecado que moraba en nosotros.

Romanos 6:23 RV60  Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Santiago 1:17 RV60  Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.

Dios le ha dado al hombre el regalo mas extraordinario que jamás este pueda recibir.

Dios nos ha dado a Su Hijo, como Don y como dádiva.

Se nos ha dado una Semilla perfecta, una medida de la luz, vida y gracia de Cristo. 

Pero este don, se nos ha dado con un propósito. Para que se extienda, llene y salve nuestra alma, santificándonos por completo en espíritu, alma y cuerpo,  conformándonos a la imagen y naturaleza de Cristo. Desde allí, desde lo mas profundo de nuestro ser, este don impactará, llenando, y conquistando las almas que nos rodean.

Pero encontramos un grave problema si rehusamos someternos a esta obra, entonces “desechamos la gracia de Dios” y “habremos creído en vano”. Consideren los siguientes pasajes:

Hebreos 2:1-3 Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?

Hebreos 3:6 Pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza.

Hebreos 3:14 Porque somos hechos participantes de Cristo, si retenemos firme hasta el fin el principio de nuestra confianza.

Hebreos 6:4-6 Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio.

Nada nos podrá separar del amor de Dios en Cristo. Ni tribulación, angustia, muerte, vida, ángeles, demonios, cosas futuras, cosas pasadas, etc. 

Pero parece quedar muy en claro, en distintos pasajes de las escrituras, que NOSOTROS podemos apartarnos de la gracia, que podemos “hacer afrenta al Espíritu de gracia”, “pisotear al Hijo de Dios”, “caer en perdición”, “creer en vano”, “naufragar en cuanto a la fe”, etc. 

Como cualquier semilla natural, la Semilla de Cristo tiene en sí misma todo el poder y la capacidad de crecer. Ciertamente puede y crecerá, hasta la medida justa y plena, por Su propio poder y voluntad. Sin embargo, las Escrituras dejan claro que la Semilla de Dios (al igual que todas las otras semillas naturales), requiere cierto tipo de suelo o entorno que le permita crecer. 

¿No hay muchas parábolas que hablan de esto? 

Este es uno de los grandes “misterios del reino”: la Semilla del reino tiene todo el poder en el universo, y aún así, es sembrada como una pequeña semilla de mostaza, una perla pequeñita, un pizca de levadura, una pequeña piedra que debe convertirse en una montaña. Esto no es “automático”. No, Su crecimiento depende del suelo en el que cae. No hay nada que pueda detener Su crecimiento si nos volvemos, nos rendimos, nos sometemos y la cuidamos con todo nuestro corazón. 

Pero si nuestra alma no esta sujeta al espíritu de Dios, aún lo mas pequeño e ínfimo, puede con nosotros. Así como el pueblo mas débil pudo derrotar a un Israel poderoso y fuerte en Hai (Josué 7 – historia de Acán), así como aquella pequeña mosca puede echar a perder el perfume mas puro y precioso que exista.

Pero si la Vida de Cristo, esta pequeña pero poderosa semilla, no crece en nosotros, dando así su propio fruto e incremento, todo resultara en la perdición de nuestra alma y en una errada y equivocada gestión de vida. 

Si verdaderamente este Don está en nosotros, debe estar creciendo y nos vuelve personas firmes, estables y profesionales. Esto da como fruto una vida justa (la vida justa es aquella que solo se sostiene y alimenta con fe).

Hoy quisiera volcar en este escrito, algunas cosas que me parecen de suma importancia, para que no perdamos el cuidado y la atención que merece tan grande salvación.

Continuará…

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